JOSÉ MANUEL MERELLO.

ESCRITOS SUELTOS.

Merello. La Lectura. (81x100)

   
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 Jose Manuel Merello. Escritos Sueltos y Versos Libres. -Relato Breve. 

 "Cuidado. No soy escritor, ni poeta. Soy pintor.  No importa si bueno o malo pero soy de oficio pintor y de mi pintura vivo, que ya es algo. Pero siempre me gustó escribir, como a tanto pintor y a tanta gente. Tan solo notas sueltas, algún poema perdido que me viene de súbito y a deshoras, alguna pedantería o cursilería quizá; me dá igual. Es como un veneno que me corroe por dentro y que suelto a chorro, a presión, consciente  de lo denso que mana. Pienso que esto es sano para mi labor de pintor porque la carga narrativa que destroza tanto a la pintura, la desahogo ya por esta vía. Y así, aparte del gozo de escribir, limpio mi paleta de historias y leyendas, de manías y ocurrencias, de pájaros y mitos. Es mi derecho. Ustedes me perdonen, que dijo el cantaor."       JOSE MANUEL MERELLO.

FLAMENCO EN EL PUERTO. Por Santa Lucía caminito de La Mezquita.

 

                                                             En memoria de mi querido tío, Agustín Merello Reynolds.

              Dedicado a mi guapa tía, Matilde Merello Reynolds, a mi Madre, a mis hermanos y hermanas y en especial a Las Niñas del Puerto: María, Paloma y Cristina Merello Arvilla, que en él se dejaron - y aun en los asuntos pendientes se dejan -  toda la piel y todo el amor. Toda la alegría.

  Hay que hacerse cargo. Puerto de Santa María. Esplendida mañana del último  verano tardío, ya con sabor de otoño por la bahía. Una guapa mujer morena, un pintor, y él, Agustín, por quien verdean los pinares del Puerto, están reunidos en el patinillo de la casa de Santa Lucía, envueltos de geranios, cintas, buganvillas y jazmines, helechos y apilistras; bajo una palmera que busca al sol, y junto a una tinaja fresca frente al andamio de amarillo y minio que se ha levantado para mantener en su sitio todo el frontón de la salita de ventanas verdes y el gran comedor superior de ventanas góticas marrones que amenazan venirse abajo. El señorito Agustín, pequeño y napoleónico español, observa los techos centenarios, abiertos y desmembrados para su arreglo, y por cuyo inexplicable hueco apareciera hace unos días, de entre las vigas de madera, un esqueleto de gaviota, muerta al salitre del aire de levante. Que nadie da razón de cómo pudo llegar allí el animalito. De que quizá pudiera entrar a refugio y no lograr salir. Hay que ver. Don Agustín, inquieto, mira su reloj y, aunque nadie les espera, señala que ya es hora, la buena hora de punto por punto, flor a flor, dejar atrás el jardín andaluz, verde y blanco, y atravesar el gran patio de la casa; el patio blanco de las pesetas de la risa, del cambio suelto y la calderilla de la infancia que desde lo alto de la baranda de mármol, arriba, en la preciosa galería que orbita todo su perímetro, dejaba llover de sus manos venga, venga, dinero, dinero: cabezazos, zarpazos y golpes de los niños contra el mármol, venga, venga, para otro polo flá, que hoy tiro duros y pesetas -más pesetas que duros- pero esta tarde tiraré agua de la pila; uy que está chispeando. Agustín, por Dios.

  El patio es grande y blanco, enorme, tanto como para que en su travesía hasta la hermosa cancela negra 1870 todo sean destellos serenos y felices de niños escondidos una dos y tres al escondite inglés, destellos de un pozo oculto que ni se nombra, de un macetero imposible,  un romántico gigante de barro dorado con guirnaldas blancas rebosante de apilistras y pesetas - aun ocultas en su vientre -, venga, venga, dinero, uy dinero, … un escudo heráldico sobre un banco de forja junto a una mesa negra con un cántaro de cobre por donde resbalaban cartas y cartas para Don Miguel Merello Gómez, el abuelo, que aunque murió ya hacía años, no cesaban de llegar desparramándose como pétalos gigantes sobre el pequeño ABC de Sevilla con su grapa o, alguna rara vez, sobre un inmenso Diario de Cádiz, blanco y alado, las imposibles hojas inabarcables, inasibles y sin grapa, que a duras penas lograban llegar a la salita, desnumeradas y del revés, la primera junto con la última, las centrales a guerra abierta entre sí , deportes con cultura, el Jerez contra Suárez,  el Portuense contra un reloj Omega de oro y correa roja que se ha perdido en la playa de la Puntilla y que quien lo encuentre que, ja, avise a la policía…no, no puede ser, a ver, que esto con-ti-nú-a en la pagina do-ce, quién ha visto la pagina doce, yo tengo la dieciséis , que la doce que está en el jardín es del mes pasado. Allí, el único que podía hacerse con semejante enredo era, por empatía con su tamaño,  y porque la cosa era leer y leer, mi padre Miguel.

   Recuerdos de  la luz cenital del patio dispersada en su justa medida. Recuerdos de Elisa, practicanta desde los tiempos de la fundación del Puerto que, con su terrorífico maletín de hierros con alcoholes de pavorosas llamas azuladas flameaba las agujas, de un palmo lo menos, mientras bajaba abuela. Que horror, pobre abuela, cuanto tardan en acabar. Recuerdos de un peluquero alto que saludaba a los niños sacudiéndoles sus pequeñas manos con decenas de diminutas vibraciones en una frecuencia tan alta que generaba infinitesimales ondas de risa desde los bracitos en automática propagación a todo el cuerpo hasta un calambre total, que cómo está usted, cómo está usted, cómo está usted. Recuerdos de Carmen, Carmen La Roja. Recuerdos de Luis Puente, el amigo de tío Agustín, los dedos largos y afilados, de nicotina amarillentos, que Luis Puente vio a Hitler, que lo vio, que Hitler existió, que lo vio Luis Puente. La mujer morena y su pintor cruzan la cancela 1870 que abierta del tirador dorado por Agustín con un definitivo, ea vamonos pa la peñita, los saca del ensueño, del hechizo del patio de Santa Lucia.

   Atrás queda imponente la rosada escalera de mármol – por donde él de chico se cayera queriendo- autentico cimiento y sustento de la casa, sentido y aviso de las venecianas arcadas y cristaleras que a las estancias, salones y baños da acceso. Formada por dos anchos cuerpos de escalones de elefante dormido a izquierda y derecha del fondo del patio, y un tercer cuerpo central en sentido opuesto de una belleza mítica con su pasamanería ancha y de mármol blanco y frío por donde aun resbalan los niños divertidos en su frescor, las chanclas al vuelo.

   De pronto, tras los pesados portones de la calle, con vista escorada a la Plaza de La Iglesia, un zambombazo de luz en las seis retinas, - menos mal que parten desde Santa Lucia - Ea, uh, uh, no, no,  que calor. Con Franco no hacía tanto calor. Caminan por la calle San Sebastián, bajo el nido de cigüeñas del campanario de La Prioral para la peñita flamenca, de albero y lino la mujer morena, de clásico y fresco Agustín, de nada especial el pintor, pasando por Casa Paco, por patios y más patios de vecinos, quiebro a derecha, quiebro a izquierda, vuelta para aquí y vuelta para allá. Las seis pupilas, deslumbradas y diminutas, se expanden como seis soles a la puerta de la peña flamenca La Mezquita. Que traigo a mi sobrino y a su mujer, venga, venga. El local, pequeño y amplio a un tiempo, está cuajadito de carteles de toros, de pendones con premios, de decenas de fotos y abalorios, de toritos, de farolillos y de guirnaldas de papel. Marineros en la barra, marineros de buena planta, marineros feos, locos y bizcos que se confunden con algún pelo repeinao y acaracolao en la melenita que, ole, Juan, ponte un quinto más. La bulla, el griterío, el tequié i ya, percuten como disparos, cañones de Trafalgar. Pasa la mujer morena, guapa esa mujer morena. Los marineros del Puerto de plante firme, y firmes también -o como pueden- los beodos, hacen camino en silencio a su paso, que hay un respeto y una caballerosidad. Al momento, oye tú pintor, si te vas a cortar tira pa tu tierra a tomar por saco ya. Escucha pintor que te digo; que si Agustín por aquí, Agustín por allá; que si la Bea, la Bea, la Bea, la Bea, que si la Bea, tracatrán. Mira pintor, que no te cortes de ná. Pero tío Agustín quiere jaleo ya ¿Qué pasa que no se empieza a cantar?. Esperese usted, Agustín, que ya vendrán. Irse tomando ustedes de este vino que da pa largo y ni es cabezón ni na de na, que es fino, pero fino fino, de muy baja graduación e intensidá, fijate pintor que claridad.

   Pintor, ¿Que tu sabes cantar? No pero…Po ale, te va tu a enterá. En la pared ya reviven los farolillos y los carteles de Las Grandes Coquinás de cada año. Agustín mira al pintor, calma chicha, calor, algo se presiente ya. Al punto llega y se sienta un viejo. La eterna cara española que sonríe, guasona, la sonrisa de los niños antiguos del Puerto, quillo, quillo, en la desdentada boca de este coquinero de sal. Vamos Agustín. Y llega otro viejo. De otro corte y otro perfil, pero un quillo antiguo igual. La mujer morena preside las tres mesas arrejuntás, Agustín queda cercado por los dos viejos y el pintor enfrente y solo. Venga, cántate algo para mi sobrino. A ver, los nudillos del primer viejo repicotean como tabas en la mesa al son de un  aaaaaaayy, aaay…que no, Agustín, que no cojo el tono. El viejo desiste. ¿Qué pasa hoy? El pintor y su mujer morena se miran y Agustín siente el desespero.

  Mira José Manuel. Coge tío Agustín las palmas jóvenes y se levanta un ritmo repentino y limpio que tabletea en el aire de la sala cortando en seco la calor. El viejo se pica; que no Agustín, que la palmá tiene que golpear en el centro asín, mira. Agustín realmente lo mira y lo escucha,  con una obediencia y una atención clavada que pasma al pintor, que sonríe. El maestro se percata veloz y le clava a su vez los ojillos con un fulgor tan travieso y una gracia tales que aun me río más. Tú no te rías, Merello, ordena. Pero esto es un delirio que un golpe de aire fresco del ventanal se encarga de avivar. Calla, Merello, y escucha. Agustín, tu mantén el ritmo con las palmas, y tú, quillo, -le dice al otro viejo-, cámbiale el compás con el cajón que yo repicaré en la mesa con los nudillos:  TACATÁ, TACATÁ, TACATACATACA-TACATÁ, PLIS PLAS PLIS PLAS PLIS PLAS, TACATÁ, POM, POM, POM, POM, TACATÁ, POM PLIS PLAS, POM PLIS PLAS, POM TACATÁ, POM POM POM TACA-TACA.TACATÁ.

   ¿Has visto? Merello ¿Tu te has dao cuenta? Cuando me doy cuenta, aquello es el flamenco como no lo vi jamás. Porque el flamenco no solo se escucha, sino que se vé y se acata. Un respeto. El viejo de los nudillos comprueba mi pasmo y enseñando sus pocos dientes me sonríe otra vez. Mientras tanto han ido llegando personajes de todas las épocas y de todas las guerras. Pieles de camaleón curtidas al sol y pieles blancas y finas de  portuenses panzudos, de flacos de barra y ventilador. Cada cual coge su silla y su vino, que ya todos saben que se está fraguando, con tío Agustín en el centro como un general, el cante al sol y al viento de levante. El fino, en efecto, se deja beber como el agua. Merello, cállate y bebe. Y sí, sí que vamos cayendo todos rendidos en una brea de cantes desgarrados, cante a pulmón del Puerto y cante bajito, arrastrado en un deje milenario, como en un milagro.

   Tio Agustín está atento, ajeno a los besuqueos, compadreos y felicitaciones. Atento y tan atento al cante, que me quedo observándolo, analizando sus ojos despiertos, su semblante erguido y comprendo que se siente en un santuario.

   Pasan las horas, siguen los finos, las papas, los chocos, y el santuario lo es ya para todos. La mujer morena resbala una lágrima ante una brutal soleá que se está desagarrando  el dueño de la Mezquita. Él se apercibe de ello y potencia, si cabe,  la jondura de su cante para marcarla a fuego. En la hora perdida, allí donde anida la fraternidad y el tiempo se detiene, el viejo primero de esta historia entona una malagueña, así, bajito, y tío Agustín pegando un respingo, despierta del sopor y susurra en lo más alto de su dicha: ¡qué me gustan las malagueñas! El pintor, que había hecho un dibujito de cada uno de los presentes, es correspondido con un poema del que todos se quieren apoderar. Pero faltaba el dibujo definitivo; el de tío Agustín. La mirada baja, la nariz grande, inteligente, la boca dejada…El alboroto con los parecidos se cocinaba con las malagueñas cantadas adrede para empalidecer a tío Agustín,  mientras alguien me aturdía en la oreja: y tú, Merello, fíjate que nunca supe yo dibujar y yo admiro a los que saben dibujar porque el dibujo se nace con él y yo no he nacío con el dibujo y dónde aprendiste a dibujar porque tu tío no sabe de dibujo y a él le gusta oírnos cantar pero yo te digo que dibujas muy bien y…Pero ya son los últimos finos, a las cinco y media de la tarde Agustín da un aviso de que no le pongan más vino a su sobrino. Yo me río tranquilo, feliz, y el de la caja, al toque, protesta que cómo que no, si tu sobrino está perfectamente, que está mucho mejor que tú y que este fino es muy ligero, mira que clarito está. Tracatrán.

 

Tío Agustín, las veces que aun pude hablar con él, siempre me decía refiriéndose a aquella tarde inolvidable; “Qué bonito, qué armonía, qué equilibrio, qué maravilla, cada cual en su sitio, nadie era más que nadie, y …¡Qué pena de foto José Manuel!”  

 Domani è domani, tío Agustín.

                                                                                                  © José Manuel Merello. (2005)
 

La muerte de Aceituna Negra

 

Vuelto de hoja por la brutal caída que lo desnucó yacía en caliente sobre su misma sangre, derrotado y vencido, sobre la arena de la plaza, mientras todas las locas se tapaban los caminos del entendimiento para alejarse del susto, del impacto sordo de la muerte del matador, el Maestro Aceituna Negra, que, lanzado al aire por la furia atravesada en ángulo limpio de pitón, es muerto ahora. Valiente, era un valiente: coraje y arrojo en el estoque enfilado a ojo fijo al toro y ahí encono tu suerte, animal fiero. Pero ay, que fue un segundo,  que bastó un segundo, uno y un viento frío que trastocó las reglas, pitón por estoque, imponiendo, justa, la otra cara de la suerte.

Mudo se va yendo, abiertos los brazos, que no yertos ni colgantes cual cristo en descendimiento de cruz, sino de tal modo horizontales y vencidos, como fusilado abatido que cae, en fotograma lento, la cabeza ladeada, sobre el abutanado albero del hambre. La Gloria revuelve los aires del coso en risotada de tragedia española, de venganza y ajuste de cuentas que son  siete mil toros muertos por torero que me cobro y éste es mi precio. Pero que gran temple y bravura, cuánta gracia y figura, aún ahora, reflaco de carnes secas, desde las costras inmediatas de la arena, a borbotones de sangre habituada.

 

Los dos globos cetrinos y hundidos de matador gitano, unicejudo y de pómulo alto,  son dos tristes perlas  blancas que miran sin ver -que no vieron- al toro negro, de sangre roja pitón a gitano negro; de sangre de toro, rojo toro de sangre negra.

 

Los mares de los toreros muertos se volverán océano en este día dejando quieta la plaza de los duelos, bravo a bravo, fiero a fiero, en espera de nuevos banderines y lanzas, nuevos galopes y centellas, nuevos oro y grana, el abanico y la mantilla española, sobre un hombro desnudo dejada.   

 

                                                                                                                                    © José Manuel Merello

 

    El día en que Rosadulce se largó

 

El día en que Rosadulce decidió que tenía que abrirle las ventanas a la vida había, cómo no, finalmente llegado. Lo hubiera aplazado por más tiempo debido a la ansiedad que se le filtraba enfriándole con calor y sudores los nervios de solo imaginar que éste amaneciese al fin. El cielo de aquella mañana de Dios había abierto metálico y azul, impecable,  infinito en su extensión. El aire volaba tibio a romero, cuajado en todas direcciones de brisas frescas y traía tan buenos augurios que  le calmaron en algo las ansias, mientras la felicidad y el orden del mundo en el marco de la ventana  se iban volviendo felicidad suya y orden de sus latidos. Rosadulce era de ánimo fuerte y de compostura titánica. Su carácter recio e imbatible solía ser casi siempre dulce y grato en ultima instancia debido al propio dominio que ella misma poseía sobre él. Sus ideas claras y de tierra brava, y su juicio directo, le otorgaban una mirada morena con dos puntas de luz que  brillaban con perfecta indolencia, aun siendo de ternura, allí donde clavase sus ojos fieros. Los años de trabajo duro, las albas antes del alba y los desvelos por atender a la madre sin descanso no dejaron huella alguna que mermara su belleza en lo más mínimo. Las arrugas, finas sobre la piel fina, estaban tan bien distribuidas y planificadas sobre sus facciones y poseían un ritmo y un dibujo tales que  potenciaban la  tersura del rostro hasta el punto de equivocarle por completo la edad y sus días. De su pecho y sus pechugas toda una leyenda corría por la ciudad, pues no se conocía hombre que no hubiese presentido que eran como un ancho mar de rosas y perfumes secretos, por donde morir batido de placer. Su culo respingaba esplendido y  mantenía una línea de unión entre nalga y nalga con tal pretura, dominio y ajuste la una con la otra que fuese gloria contemplar su  balanceo al caminar, desnuda, a más de toda una afirmación natural de hembra continental. Sus pies, fuertes por necesidad de soportar semejante maravilla, poseían un arco amplio del que se desprendían en racimos cinco y cinco sus diez dedos con un desparpajo y una gracia tales que eran el remate exacto para su tobillaje, firme y erguido. Desde aquí, unas cañas robustas le envolvían las tibias en armonía de mármol y en ascensión divina hasta una portentosa arquitectura de las rodillas, catedrales estas desde donde se desencadenaban, cantudas, unas piernas de yegua jacona  que sacaban de quicio hasta a los muertos más cansados. Su boca son sus labios. Firmes, húmedos, montado ligeramente el uno sobre el otro debido al empuje incesante de sus dientes de pantera y delatores por otra parte de una salud  que era herencia, según ella, del abuelo materno, aquel aragonés terco y valiente al que tuvieron casi que matar porque no acababa de morirse. Rosadulce era muy consciente  del mando que emanaba de su sola presencia. Durante los largos años de su libre cautiverio jamás pareció que anduviese falta de macho, ni de crianza, ni de ninguna otra cualquiera cosa que hubiera, por mucho menos, destartalado o enloquecido el plante de otra hembra, quien fuese, en misma situación.  Esta circunstancia aturdía y encabritaba a las demás mujeres de su entorno, que no comprendían como podía ser semejante diosa en una vida tan penada y estrecha de aconteceres. Y así era ciertamente, pero ello, lejos de disminuirla, la hacía aun más apetecible y deseada, precisamente por esa contradicción que ella, consciente o inconscientemente, explotaba. Rosadulce tenía, por lo demás, una melena morena que se le desmandaba con vida propia debido a su genio y bravura pero que ella controlaba recogiéndosela en un atado que dejaba al descubierto su cuello, tenso y acanalado hasta el despunte de la primera vértebra.

Aquella mañana, una vez en calma, Rosadulce echó un ultimo vistazo a la cama vacía de la madre que la había abandonado, definitivamente, como a este mundo, y no sin dar, tampoco, facilidades a la muerte. Recogió cuidadosamente las pocas cosas que dejó: una cajita púrpura traída del desierto y de la guerra por el aragonés valiente y en la que guardaba zarcillos de oro y aguamarina, unos dedales agujereados del tanto uso, una cadenilla fina con la medalla de la Virgen del Pilar, regalo también del valiente de Aragón, y una estampita de la Inmaculada Concepción pintada por Goya, aragonés universal. La cajita disponía asimismo de un infantil y mal disimulado doble fondo donde la madre guardaba una carta valerosa y atrevida que venía con un aspa por toda firma. Rosadulce encontró que todas las demás cosas que guardaba la madre eran basurillas ridículas  de vieja nostálgica y se apresuró a tirarlas en un ademán medio de respeto medio de alivio. La casa parecía presentir la pronta escapada de la hembra y corrientes de aire comenzaron a circular de aquí para allá barriendo las vigilias acumuladas para dejar paso libre a un inminente tiempo nuevo.

Rosadulce sacó del ropero un traje corto, escotado y sin mangas, de lino fino, que nunca se puso y al que metió un tijeretazo sin compasión para acortarlo aun más de modo que le quedase a la altura del medio muslo. Lo cosió y lo apañó con impaciencia pinchándose con los dedales de la madre, gota a gota chupando los dedos que le pintaron los labios, hasta que le quedó de su gusto. Lo planchó con cuidado y se lo colocó sobre el cuerpo ciñéndolo a la cintura con un tira fina de gasa que remarcó y dividió en dos partes de insulto su figura de leyenda. Buscó y encontró dos zapatos de tacón alto que, aunque pasados de moda, la elevaron con un impulso de gata hacia la provocación más alta y extremada que ojos vieron.  Tanto iba siendo ya el llamamiento de su naturaleza que, en un acto casi sacramental, Rosadulce se deslizó las bragas con suavidad y determinación de mujer hasta quitárselas del todo, no sin que ello le costase hacerlo una vez, sino que fueron dos las veces pues la tirita de encaje que la guardaba se resistía a salir de la raja prieta y delirante de su culo. Igualmente consideró que eran libres y para el mundo los hermosos pechos, y procedió a su liberación; frutos rosados que vibraron unos segundos, hasta quedar quietos, apezonados y tersos,  latiendo bajo la telilla transparente y tensa de un traje que no podía contenerlos. Impasible, se recogió el pelo moreno, se contorneó tenuemente los ojos con un lapicillo índigo  y abrió de par en par los portones  de la casa.

El impacto fue brutal. La tierra tembló y el silencio se hizo al mando. La ciudad paró al punto. Los pájaros callaron, los coches dejaron de broncar y hasta revivieron los muertos. Todo comenzaba de nuevo.

Rosadulce miró el mundo con un guiño  inexplicable y comenzó a caminar, alejándose desnuda en su lino suave y dejando tras de sí desquiciadas a las cosas y a la vida.

Buena suerte, guapa, le gritó un chiquillo.

 

                                                                                             ©  José Manuel Merello

 

El recuerdo de Palduero, el tonto.

 

Palduero, el tonto, tenía, como siempre, la mirada perdida en el clavo viejo de la pared donde un día alguien tuvo que descolgar, maldita sea, el afotillo que con tanto amor enmarcó él en estilo abarrocado, acogotado, y de a peseta, que qué bonito que estaba. Oye, Palduero, que el clavo no sustenta nada, déjalo ya hombre. ¿Quieres que lo quitemos? No, dijo Palduero,  que sustentar no sustentará, pero bien que agarra aun el recuerdo, el muy cabrito.

¿Qué recuerdo, Palduero?, pues el recuerdo coña, el recuerdo. Visentina no  lograba nunca sacar al tonto de su ensimismamiento. Enclavijado como estaba, fijo y con el tiempo por de sobra, Palduero no soltaba prenda. Su mirada perdida y triste colgaba del clavo herrumbroso por horas suyas que no eran de este mundo, horas de más de sesenta minutos, horas de cien minutos, horas de dos horas, horas de horas y horas. La pared ya no era el muro firme de antaño pero aun conservaba un orgullo de cal acumulada  salvo en alguna grieta díscola que ascendía angustiada por quebrarse y abrirse camino por mas cales que Visentina le diese. La pared, de puro vieja y cansada de su verticalidad, mostraba, además, signos de  retrocesos en las ajiras y hundimientos en el origen cero de sus coordenadas con el techo y con el muro poderoso de la recia fachada castellana. Y como una estrella por ese cero se asomara una noche, Visentina la tenía vigilada por no ser que a ella, a la pared, le diese un día por ser suelo, al techo pared y al cielo techo. Pero parecía que la mirada del tonto ayudaba al sostenimiento de todo aquello. Y el clavo, aunque un clavo al fin, sostenía al tonto.

Por tanto Visentina que no comprendía como no era ya el cielo sobre ellos, en su natural práctico optó por dejar las cosas como estaban: al clavo en su sitio, al tonto mirándolo, y al recuerdo quieto y vivo en su memoria, pues era su recuerdo, el que al cabo los mantenía a cubierto del frío helado, y de todas las demás estrellas, que empujaban a cada noche por asomarse a ver el recuerdo de Palduero. De Palduero, el tonto.

                                                                                                                                      © José Manuel Merello

 Adelino

 

Adelino fue poeta durante cincuenta y ocho años, científico durante nueve y loco pero con razón hasta la muerte. La poesía de Adelino era flaca y de huesos torpos y descuadrados, como él. Pero le venía desde el alma y eso nunca nada ni nadie se lo puso en duda. Un amanecer en un verso suyo no se daba a olores ni resplandores de alba romántica, no. Una aurora de Adelino era un hecho matemático al que no había que darle ya más vueltas de poeta. Del mismo modo, cantarle al amor enloquecido de un joven desgraciado caído en el veneno del amor le parecía cursi y pasado de moda, cuanto que el amor ya demostraron los neurólogos eran episodios patéticos y ridículos donde se deschorraban por los sesos sustancias enanas programadas en justas cantidades para envergarlo a uno durante los días, semanas a lo sumo, que durasen las amorfinas que embrujaban a las hembras bellas y de tal manera en disposición.

De la misma forma las flores a Adelino se le marchitaban en sus líneas florentinas de poeta, apenas comenzaba a dedicarles un breve verso romántico.

Los cielos se bastaban a sí mismos y no más se escurrían de arribabajo, cuando era la lluvia. ¿Para qué un poema?

Y las nubes, las nubes, las nubes, pues blancas por causa del sol o grises por su ausencia.

Adelino durante tantos años de poeta loco nunca tuvo a los números ni a las medidas como enemigos de su arte. Es más, había tierra para todos. Ancho era el mundo y vastos sus vergeles.  Pero ahora la pena que lo atormentaba ya no era en él material lírico que provecho le diera en su poesía,  sino otro numero más de tal o cual dolencia, que variaba según quién lo midiese y lo estudiase, cosa que le fastidiaba sobremanera porque si dos y dos son cuatro y no hay arte en la ciencia para que sean cinco y con gracia, entonces vaya mierda. O se ponen de acuerdo en ciencia o se callan porque para desmedir y trastocar al mundo y a las cosas de Dios ya estamos los poetas, decía.

Anduvo durante sus últimos años este hombre flaco, desmembrado y de nariz en hacha, en pelea a muerte por emulsionar poesía y ciencia. Agua y aceite.

El viejo poeta romántico urgía desesperado en encontrar una solución que le cuadrase el círculo de su doble mirada. Y en ese empeño murió hueco, sin arte ni ciencia, mientras escuchaba las palabras que todos le decían:

Todo se andará, Adelino, todo se andará.

                                                                                                                                  © José Manuel Merello

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